El eco incómodo Lo de Higinio no es una crítica genuina, es un simple reacomodo. Mide perfectamente qué decir y en dónde decirlo. No obedece a un arranque emocional, sino a un cálculo milimétrico. Su presencia en foros como TV Azteca no es casual; acude allí porque sabe que su voz resonará con mayor estruendo y hará más daño. Lo que debió ser un debate al interior de su partido, lo transforma en artillería pesada para atacarlo desde afuera. Y lo tiene muy claro. No peca de inocente, peca de oportunista. Guardó un silencio absoluto cuando saboreaba el poder, pero ahora que se ha quedado sin él, se vuelve el primer detractor. Su intención no es arreglar el rumbo, sino reescribir su propia historia. Y si para lograrlo tiene que hacerle el juego a sus adversarios políticos, lo hace sin que le tiemble el pulso.
La quema de naves Lo que intenta hacer ya ni siquiera es una estrategia astuta, es navegar a la deriva. Anda de micrófono en micrófono como si abordara barcos ajenos, con la esperanza de que el escándalo lo regrese a la escena política... pero el efecto está siendo exactamente el opuesto: se está borrando a sí mismo. Hoy le hace guiños a TV Azteca, mañana buscará cualquier otra tarima donde los aplausos se cobren por factura. Esto no es un reposicionamiento estratégico, es una sobreexposición desesperada. Resulta hasta irónico: alguien que ayudó a cimentar un proyecto hoy se dedica a darle argumentos a quienes desean destruirlo. No está rompiendo filas con dignidad, simplemente se está dejando utilizar. Y eso no se llama audacia, se llama decadencia política.
La desconfianza que lo dejó fuera La historia no es nueva ni fortuita: el presidente López Obrador jamás depositó su confianza en él. Era evidente desde aquellas épocas de campaña en el sur mexiquense, cuando el mandatario señalaba a los "maiceados", a esos políticos acostumbrados a nadar en dos aguas y negociar por debajo de la mesa. La sospecha se volvió certeza con episodios mucho más graves, como cuando Higinio se aprovechó de la inexperiencia política de José Ramón para operar a sus anchas en el estado. Aquella jugada obligó a López Obrador a lanzar una carta pública desautorizando a su propia sangre, y ahí se dinamitó el último puente de confianza. Por esa razón la candidatura al gobierno estatal nunca fue suya. No fue un tema de falta de currículum, fue una carencia absoluta de lealtad. Y esos son errores que en la política ni se olvidan, ni se perdonan.
Médico en su casa: la medicina de la propaganda El eslogan de “Médico en tu casa” en Metepec suena maravilloso, pero basta con rascar un poco la pintura para ver la realidad: es pura propaganda disfrazada de salud pública. En la práctica opera como un servicio subcontratado, un negocio donde un particular cobra por cada consulta mientras el gobierno municipal se cuelga la medalla de la cercanía con la gente. Todo esto bajo un manto de opacidad, sin que existan cuentas claras sobre los contratos, los costos o el impacto real. Pero el fondo del asunto es aún más perverso: el ciudadano que marca al programa buscando auxilio médico, entrega sin saberlo sus datos personales. En un municipio donde todo se mueve por cuotas y estructuras políticas, es pecar de inocentes creer que esa información se queda archivada en un consultorio... su destino final es engrasar la maquinaria electoral.